Stafford Beer

(Putney, 1926 – Toronto, 2002)

“Beer llegó a Chile como un hombre de negocios y se fue como un hippie”. Así es como Humberto Maturana, el famoso biólogo y filósofo chileno, resume lacónicamente la transformación de su compañero científico Stafford Beer. Los dos nunca trabajaron directamente juntos, pero desde los años sesenta estuvieron vinculados por una mirada común sobre el mundo: la cibernética. En aquellos años, científicos de diversas partes del mundo desarrollaron investigaciones interdisciplinarias sobre los nexos entre estructuras y formas organizativas de seres vivos, sistemas cognitivos y dispositivos técnicos. Pero, el trabajo de Beer en Chile fue único, desarrollado lejos de los centros de investigación de la URSS y de los EE.UU. que contaban con tecnología de punta y abundantes recursos. Él y su equipo internacional elaboraron la red Synco, hasta hoy la única puesta en práctica de la “cibernética socialista”.

El camino que llevó a este muy bien remunerado consultor – al volante de su Rolls-Royce – de Londres a Santiago, comienza con una carta. En 1971 el joven ingeniero chileno Fernando Flores invitó a Beer a observar y colaborar con el proceso de nacionalización de la economía chilena, que estaba llevando a cabo el gobierno de la Unidad Popular. Flores veía que la cibernética administrativa propuesta por el inglés era un sistema que ayudaría a planificar mejor la industria y la producción textil, los bienes de consumo, los materiales de construcción, etc. Con Beer, Flores había tocado ciertamente la puerta correcta para encarar la “batalla de la producción”. Desde sus primeros escritos como Cybernetics and Management (1959) und Decision and Control (1959), el científico británico desarrolló un enfoque cibernético que articulaba los procesos de toma de decisión centrales y descentralizados.

Para el contexto chileno de los 70s esto significaba organizar a mediano plazo la producción autónoma dirigida por los trabajadores. Este modelo descentralizado de producción autónoma estaría conectado con una red de información central, en la que el gobierno podría intervenir si lo considerase necesario. El desafío de Beer fue desde el principio una carrera contra el tiempo y contra recursos limitados: ¿cómo crear una red electrónica de información con una sola computadora? El equipo de Synco resolvió este problema creando una compleja red de cientos de télex, con máquinas conectadas por medio de la red telefónica, que permitían enviar mensajes escritos (codificados a través de tarjetas perforadas). Paralelamente, se propusieron desarrollar – en pocos meses – un Software que permitiera organizar las cadenas de producción de manera eficiente. Equipos de trabajo en Gran Bretaña y en Chile desarrollaron un código, mientras otros entrevistaron a gerentes y trabajadores.

Beer apoyó este proceso en Europa y América Latina y transformó su papel de consultor en el de asesor para una economía orientada hacia las necesidades de la mayoría de la población y, sin quererlo, se convirtió en embajador del proceso chileno. En diversas conferencias hechas en Londres no sólo defendió el funcionamiento de la red Synco sino también, indirectamente, el socialismo democrático y participativo al seno del cual se crearon esas herramientas tecnológicas. Además de Beer, el equipo internacional incluyó entre otros al diseñador industrial alemán Gui Bonsiepe y al programador británico Alan Dunsmuir. Pero, Synco nunca fue realmente puesto en funcionamiento. El boicot económico de los EE.UU. y de otros países, los cuellos de botella en la oferta y los problemas de distribución, la inflación – todas estas variables eran difíciles de prever por el modelo de análisis cibernético. Además, el proyecto Synco fue minado por la prensa. En Gran Bretaña, los expertos, no exentos de prejuicios racistas, consideraron imposible que se pudiera producir una revolución cibernética en Latinoamérica, en el fin del mundo. En Chile, por su parte, la prensa de derecha difundió noticias sobre un “proyecto secreto de la Unidad Popular” dirigido al “control social total”. Así, incluso para el propio gobierno Synco dejó de ser una prioridad política. Mientras que Beer filosofaba en torno a una extensa red socio-técnica que aumentaría la participación social fuera de las fábricas, Flores – en ese momento uno de los ministros más influyentes – debía enfrentar los intentos de golpe de Estado y las huelgas de los transportistas. Frente a estos ataques gremialistas Synco mostró su potencial: gracias a la red de télex, el suministro de productos básicos pudo mantenerse a pesar de los paros laborales de los camioneros en 1972 y 1973.

Cuando el Ejército chileno dio el golpe de Estado de 1973, Beer estaba en Londres y en los meses y años siguientes ayudó a escapar y conseguir asilo a varios colegas chilenos, entre ellos Raúl Espejo, Roberto Cañete y Herman Schwember. En las décadas de 1980 y 1990 Beer volvió a diseñar dispositivos cibernéticos para los gobiernos de México, Uruguay y Venezuela, pero éstos quedaron sólo en “máquinas de papel”. Hasta su muerte, el “padre de la cibernética administrativa” vivió en Canadá y trabajó en el modelo “Syntegration”, una herramienta para la resolución no jerárquica de problemas y conflictos. A pesar de que con la licencia de este nuevo producto Beer volvió al mundo de la consultoría de gestión, en una entrevista concedida a la informática Eden Medina en 2001 aclaró: “en mi opinión, el dinero es un problema para todas las cosas”.

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