Víctor Hugo Castro

(Santiago de Chile, 1944 – )

«Para cambiar el mundo y construir uno nuevo, la gente debe primero cambiarse a sí misma», es una conocida cita de Fiódor Dostoievski (1821-1881). El escritor ruso estuvo muy presente en Chile en la década de 1950, obviamente no personalmente, sino como un tema constante de conversación. En una pequeña tienda de comestibles en el barrio pobre de La Legua, en el corazón de Santiago, un estudiante de la literatura y un mecánico discutían casi a diario sobre la culpa, la expiación y el sentido de la vida. Pero, estos apasionados debates tenían a menudo también otro participante: Víctor, hermano menor del estudiante. En su casa, inspirado por la idea de conocer un día el país del novelista ruso y convertirse él mismo en escritor, leyó con avidez todas las lecturas obligatoria de la universidad.

Víctor Hugo Castro nació en Santiago en 1944. De pequeño su familia se cambió a vivir a La Legua, un barrio surgido de ocupaciones de sitios en los años 30. Allí, sus padres sacaron adelante a la familia primero con una peluquería, una talabartería y más tarde con una tienda de abarrotes. En aquel tiempo los Castro, como muchos otros en el barrio, son conocidos por sus ideas revolucionarias. En la Legua el Partido Comunista, pero también los socialistas, tienen muchos partidarios. La vida cotidiana está marcada por la lucha colectiva por mejores condiciones de vida: electricidad, agua potable, una buena educación para los niños.

A diferencia de lo que ocurre hoy en día, en las escuelas públicas del Chile de entonces, los hijos de los médicos y las hijas de los abogados se sentaban al lado de los hijos de trabajadores, puesto que la privatización del sistema educativo aún no se había producido. El joven Víctor aprovecha así las oportunidades que le brinda en Instituto Darío Salas y obtiene buenas notas, lo que le permite entrar al centro de estudios de idiomas en el Instituto Chileno-Soviético. A la edad de 18 años, obtiene una beca para ir la patria de los hermanos Karamazov y continúa sus estudios en la Universidad “Patricio Lumumba para la Amistad entre los Pueblos” en Moscú. El intercambio internacional es formativo: «todos somos seres humanos» se convierte en un leitmotiv para Víctor. En lugar de la misantropía que encontraba en Dostoievski, en la que a veces se caracteriza a los personajes como «bípedos ingratos» y a veces como «cerdos» que pueden acostumbrarse a cualquier cosa, se entusiasma con llamamiento del escritor Nikolai Ostrovski para luchar por la «liberación de la humanidad».

En 1967 Víctor regresa a Chile. Aquí se reencuentra con «la vieja desigualdad», pero también presiente los signos de un despertar social. Asiste a las marchas contra la guerra en Vietnam y, tras la victoria electoral de la Unidad Popular en 1970, se propone colaborar activamente. Participa, por ejemplo, en una campaña de forestación para detener la desertificación en el norte de Chile, ya importante en aquellos años. Pero, el verdadero desempeño de Víctor es como traductor. Domina ocho idiomas y es un intérprete muy solicitado cada vez que las delegaciones extranjeras visitan el gobierno de Salvador Allende, para ver más de cerca los cambios sociales que se están produciendo en Chile. Víctor no se ve a sí mismo como un intelectual, sino que se hace útil donde puede. Pero escribe mucho, especialmente poesía. En una reunión del Partido Socialista conoce al dramaturgo y cantautor Víctor Jara. Juntos trabajan en un texto que más tarde se conoce como el himno de las brigadas muralistas “Ramona Parra”, del Partido Comunista (PC).

En 1973 Víctor viaja a un congreso en Bulgaria y allí lo sorprende la noticia del Golpe Militar en contra de Allende. Desde Moscú y Praga, participa en la «resistencia desde el exterior». Junto con el escritor y miembro del Comité Central de PC, Volodia Teitelboim, desarrolla Radio Moscú, «el único medio», como dice en retrospectiva, «que informó con veracidad sobre los acontecimientos en Chile». Más tarde trabaja para la Revista Internacional. El exilio involuntario duele y por eso regresa a Chile, o mejor dicho a La Legua, a pesar de lo duro de la dictadura cívico-militar.

Aunque Víctor no busca una confrontación abierta con el régimen, su compromiso político y literario le significan rápidamente ser víctima de la represión. Los talleres de escritura subversiva, en colaboración con la autora y feminista Mónica Echeverría, la publicación de poesía rebelde le llevan a allanamientos en su casa y a pasar temporadas en la cárcel. En 1985 funda el centro cultural “José Manuel Parada” en homenaje al profesor comunista degollados por carabineros, donde realiza trabajo social con niños y jóvenes. Hasta el día de hoy Victor recuerda con amargura la visita del Papa Juan Pablo II en 1987, cuando en vez de condenar las brutales violaciones a los Derechos Humanos que se estaban cometiendo, se dejó cortejar por la junta militar del dictador Augusto Pinochet.

En ese momento casi perdió la cabeza, dice Víctor. Pero la escritura lo salvó. Hoy las protestas por un Chile más digno lo animan e ilusionan: tal vez esta vez la gente sí sea capaz de «cambiarse a sí misma».

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