Miguel Ángel „El Cristo“ Olivera

(Montevideo, 1943 – )

«Experimenté la victoria electoral de Salvador Allende en el módulo de alta seguridad de una cárcel uruguaya», recuerda Miguel Ángel Olivera. En ese momento el luchador del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros ya había pasado casi un año tras las rejas. El ejército había capturado al “Cristo” – su nombre de combate – en un enfrentamiento armado, por lo que Olivera no tiene perspectivas de ser liberada rápidamente. Pero, la constitución de Uruguay le abre un posibilidad con el derecho de ser deportado a otro país, si es que gobierno del país lo acepta. Aunque en Chile la Unidad Popular insiste en un cambio dentro de la legalidad existente, es solidaria con muchos izquierdistas latinoamericanos, incluso con lxs que en ese momento prefieren seguir la idea del Che Guevara de crear «dos, tres, muchos Vietman».


»Para nosotros, Chile no fue inicialmente nada más que un peldaño. Queríamos recuperarnos del encarcelamiento y la tortura y luego ir a Cuba para preparar la próxima misión armada», dice Olivera, secamente. Al principio, los Tupamaros en Chile fueron recibidos con mucha desconfianza: eran silenciosos, comprometidos con la disciplina ascética y veían el mundo a través de una lógica guerrillera. Pero son precisamente estos atributos los que pronto los convierten en importantes colaboradores de Allende. Por ejemplo, los Tupamaros blindan el auto del presidente y al principio forman también parte de su guardia personal. Se ocupan de rastrear a los espías del servicio secreto uruguayo que están activos en Chile y más de una vez, también, participan por desactivar los conflictos dentro de la izquierda gobernante.

El 3 de noviembre de 1970, el día de asunción presidencial de Allende su impulsivo compañero de partido, Carlos Altamirano, ocupa un fundo cerca de Santiago. «Pero el terrateniente tenía un pequeño ejército privado con jeeps y ametralladoras. Estaba armado para recuperar la tierra. Así que nos tocó armar a los campesinos para que pudieran defenderse en caso de emergencia».
Después de su regreso clandestino a Uruguay, El Cristo es arrestado de nuevo. Otra vez, vive el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile en prisión. Pero, esta vez no es liberado sino hasta 1985. Hasta el día de hoy Olivera cree que la lucha armada es la única forma posible de «derrotar al imperio». Sólo en la elección de los medios se ha vuelto más creativo: «En la cárcel empecé a escribir. Poemas y letras de tango, ¡son mis nuevas armas!»

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