Mariano Puga Concha

(Santiago de Chile, 1921 – Santiago de Chile, 2020)

“Cura Obrero” es como Mariano Puga prefiere llamarse a sí mismo. Sin embargo, cuando nació en 1931, en el seno de una familia privilegiada, el trabajo estaba lejos de su mundo. Descendiente del último gobernador español de Chile, hijo de un Senador de la República y de la hija de un empresario vinicultor muy rico, con su educación en la Escuela Militar y sus estudios en la Universidad Católica, siguió inicialmente el camino establecido para las élites conservadoras. Un día, un pariente muy religioso le conminó: «¿Por qué no te dejas convertir, muchacho», recuerda Puga en una entrevista. «Y yo dije: ‘¿Qué tengo que hacer?'» Él dijo: «Lee el Evangelio y tómatelo en serio». Al poco tiempo Mariano se fue a Francia como seminarista y fue ordenado sacerdote en Bretaña en 1959.

En aquel tiempo la Iglesia Católica, consciente de que la prédica desde el Púlpito apenas daba respuestas a las urgentes cuestiones sociales, buscaba una manera de renovarse y de frenar un poco la pérdida de su influencia política. Mientras tanto en América Latina el movimiento obrero ganaba un fuerte apoyo y la Revolución Cubana prometía el paraíso en la tierra. Todavía en París, Puga se ocupa intensamente de la cuestión de cómo renovar los servicios de la iglesia, haciéndolos más cercanos y con sentido para la gente común y rápidamente pone sus ideas en práctica en Chile cuando regresa. En la Parroquia de la Universidad Católica de Santiago, antes de cada misa comienza adornar el altar con sábanas y en contra de la docta, predica en español. El Cardenal Raúl Silva Henríquez cita a Puga por violaciones de la liturgia vigente (sólo reformada hasta 1962), pero cuando se entera de que más de 600 personas acuden a sus misas, anima a Puga a continuar.

Pero, este apoyo inicial termina abruptamente cuando Puga, en otra visita a Francia, celebra una misa en honor al gobierno chileno de la Unidad Popular elegido en 1970. Ante el cuerpo diplomático reunido para la ocasión elogia el camino al socialismo: «En Chile ya no se excluye a los hambrientos, porque el nuevo gobierno quiere ser un gobierno para los excluidos. ¿Qué pueden decir de esto los gobiernos capitalistas y de otros países?» Con esto sellaba el final de su carrera: «El Cardenal Silva me relevó de todos mis cargos en el seminario. Se acabó.»

Pero, con más determinación aún, Puga sitúa ahora su trabajo desde la base autoproclamándose “Cura obrero”. Al principio, vive y predica en los asentamientos mineros alrededor de la mina de cobre de Chuquicamata en el norte del país. Más tarde, trabaja en las poblaciones y las ocupaciones de tierras urbanas de Santiago. En las esferas del poder de la Iglesia, estas experiencias político-teológicas son miradas con recelo y temor: Puga no es un excéntrico y de ninguna manera un caso aislado. De hecho en 1971, en una reunión realizada en Santiago, 80 sacerdotes suscribieron su participación activa en la construcción del socialismo en Chile. Juntos, bajo la influencia de teólogos de la liberación como el argentino Hugo Assmann, se dieron a la tarea de criticar tanto los dogmas de los clérigos antimarxistas, como de los revolucionarios anticlericales.

La prensa pronto bautizó a los curas comprometidos como «Cristianos por el Socialismo» y como tales se mantuvieron hasta el golpe militar de 1973. Desarrollando su propia comunidad en Chile, contribuyeron con publicaciones al debate público, trataron de actuar como mediadores entre los partidos de izquierda y la Democracia Cristiana conservadora y desarrollaron – con la «crítica de la idolatría» – su propia lectura de la teoría del marxista del fetichismo. Puga esta ahí, pero le interesa más practicar el Evangelio, lo que significa ponerse siempre del lado de los más pobres. Actúa políticamente y mantiene distancia con los profetas socialistas de aquellos días: «Creía en la Revolución Cubana. Pero nunca fui un fan de Fidel Castro», recuerda Puga. «Leí a Allende, lo admiré por su persistencia, por la fuerza de sus convicciones, pero también fui crítico con la forma en que vivió su experiencia socialista. Lo que me fascinó fue cómo reaccionó la gente a la idea del socialismo, lo que la gente creó y organizó. Cómo derrocaron este sistema que excluyó a millones de personas de la historia de nuestro país».

Pero con el golpe militar del 11 de septiembre este proceso de renovación de la iglesia chilena termina abruptamente. Los Cristianos por el socialismo son declarados ilegales por el Cardenal Silva Hernríquez, el mismo que más tarde se volvería un activo crítico de la dictadura. Los sacerdotes allendistas son perseguidos y torturados, los extranjeros son deportados. Puga continúa su trabajo en los las poblaciones de “La Legua” y “Villa Francia”, y en conjunto con otros sacerdotes de base esconden a varios perseguidos políticos. Es activo en el Comité Pro Paz y en la resultante Vicaria de la Solidaridad, organización católica fundada en 1976 para apoyar y asesorar a las víctimas de la dictadura cívico militar. Incluso en los días más oscuros de la dictadura, Puga no rehuye la crítica pública, ignora la censura y habla. Por invitación de un amigo sacerdote, le toca un día hacer misa en «la iglesia de los ricos», la Iglesia Santo Toribio, en el barrio acomodado de Las Condes. Comienza su discurso con las estas palabras: «el buen pastor da su vida por el rebaño, el malo corre cuando ve venir al lobo». La misa no logra llegar al final pues estalla una pelea. Puga es detenido y llevado al centro de tortura de Villa Grimaldi y al campo de concentración de Tres Álamos. En libertad de nuevo, retoma pronto su trabajo en su comunidad de base de La Minga en “Villa Francia”.

Tras su muerte ocurrida el 14 de marzo de 2020, Alicia Lira portavoz de la Asociación de Familiares de las Víctimas de la Dictadura, honró a Puga como la «voz de los sin voz». Muchos vecinos y vecinas, creyentes o no, salieron a las calles para honrar y despedir Mariano Puga, el Cura Obrero comprometido con la justicia y el denunciante incansable de la injusticia imperante. Por supuesto, la prensa oficial chilena omitió todo esto, La Tercera por ejemplo apenas recordó a Puga como «masón del alma» o como «apóstol de la no violencia». Sin embargo, Mariano Puga fue hasta el final un instigador y defensor del las revueltas sociales en Chile. En octubre de 2019 escribió en una “Carta Abierta” en el períodico The Clinic: «Somos dictadura y prisioneros de Pinochet, prisioneros de nosotros mismos, de nuestras propias prisiones, de nuestros propios odio (…) Ese pueblo tiene el derecho a destruirlo todo porque todo le han destruido, habrá que preguntarse ¿¡Qué cariño le hemos tenido, qué hogar les hemos brindado!? ¿Qué amor les hemos dado? Por ello, el 15 de marzo pasado, su comunidad La Minga, en la población “Villa Francia” no despedía a Mariano Puga celebrando las luchas pasadas, sino convocando un «abrazo abierto a la revolución» porvenir.

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