Marés González

(1925, Misiones, Argentinien – 2008, Santiago de Chile)

La Unidad Popular representó/significó un amplio proceso de participación, de experimentación y de creatividad artística y política. Con claros y oscuros esta época hizo de sí misma un acontecimiento, brillando un momento, creando su propia condición de posibilidad y sufriendo más tarde la ruina. Pero, su condición de acontecimiento nos permite a la vez hacer su genealogía…

En 1938, el Frente Popular (FP), que representaba importantes sectores de las clases populares y medias, llevó a la presidencia al radical Pedro Aguirre Cerda. La victoria del FP significó un extraordinario estímulo para el desarrollo de la cultura y del arte en Chile, especialmente por el rol que Aguirre Cerda le dio a las universidades estatales: se creó la Orquesta Sinfónica, el Cuerpo de Ballet, la Escuela de Danza y el Conservatorio de Música. En el ámbito teatral, el FP promovió la creación de teatros móviles o “Teatros carpas” con la intención de realizar una campaña de difusión cultural entre los sectores populares. Fue en este ambiente que, por razones sentimentales, María Inés (Marés) González – hija de exiliados españoles en Argentina – llegó a Santiago desde Buenos Aires, a principios de la década de los 40s.

Al comienzo, aprovechando los estudios que había realizado en Buenos Aires, consiguió trabajo como dibujante en la editorial Zig-Zag. Pero, muy pronto se vinculó al grupo de actores, dramaturgos y escenógrafos que, bajo la dirección de Pedro de la Barra, crearon el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, cuyos montajes revolucionarían el teatro chileno y los conceptos de puesta en escena que dominaban hasta entonces. Además, para entender el desarrollo de una nueva expresión teatral, se debe mencionar otros factores, en particular la llegada en 1938 de la actriz Margarita Xirgu, española refugiada en Uruguay, quién trajo a Chile las obras y el mundo poético de Federico García Lorca, con montajes modernos, disciplina teatral, iluminación, vestuario bien cuidado y con técnicas escenográficas de vanguardia en las que aparecerían bocetos de Salvador Dalí y Francisco Ontañón. En 1954 el grupo de Pedro de la Barra consiguió una sala, que luego se convertiría en el Teatro Antonio Varas, y logró finalmente que a los actores se les contratara como funcionarios de la universidad. Así, el teatro experimental chileno se convirtió en una entidad oficial en 1959 y, fusionándose con el antiguo Teatro Nacional, dio origen al Instituto de Teatro de la Universidad de Chile (ITUCH).

Entretanto, Marés González egresó del Teatro de la Universidad de Chile en 1952 y ese mismo año debutó con éxito en Fuenteovejuna, el clásico de Lope de Vega y representó también obras de Shakespeare. Pero serían sus intensas y magistrales interpretaciones de roles femeninos, las que con los años le darían se gran fama: “Hedda” en Hedda Gabler, de Ibsen, dirigida por Agustín Siré en 1956; “Jenny” en la Ópera de tres centavos de Brecht, dirigida por Eugenio Guzmán en 1959; “Grouche” en el El círculo de tiza caucasiano, de Brecht, dirigida por el maestro uruguayo Atahualpa del Cioppo en 1963 y Santa Juana, de G. Bernard Shaw, en 1965.

Durante medio siglo Marés González estuvo en las carteleras del teatro chileno y fue varias veces nominada como la mejor actriz de teatro por el Círculo de Críticos de Arte de Chile. Desaparecía y volvía a parecer con una interpretación que superaba la anterior. Su figura ocupó la atención y suscitó los más apasionadas comentarios en el ambiente cultural del Chile de fines de los 60s y principios de los 70s. Entre sus admiradores se contaban personalidades del mundo del arte y de la política, entre ellos el presidente Salvador Allende con quien se le vinculó sentimentalmente, sin conocerse hasta ahora la veracidad de esta suposición. Lo que sí es cierto, es que su fuerte carácter y su belleza teatral la convirtieron en toda una diva; pero ella rechazaba este destino y a pesar de brillar en el escenario, remarcaba siempre que el resultado de cualquier espectáculo era un trabajo colectivo y que eran falsos los deseos vanidosos y ególatras. Se comportaba como una verdadera anti-actriz rechazando las fotografías, el glamor y las lisonjas.

El extraordinario impulso del teatro experimental y universitario en los 50s contrastó, no obstante, con la década siguiente en la que se vivió una especie de inercia, misma que fue rompiéndose poco a poco por la presión del teatro social o teatro popular, en la que se tematizaban la historia y las luchas en Chile. En 1966 la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) crea su propio teatro que debuta con Santa María, una obra de Elizaldo Rojas inspirada en la matanza de obreros del salitre ocurrida en la Escuela Santa María de Iquique, en 1907. Desde mediados de los 60s se observa en todo Chile un auge de numerosos grupos de teatro independientes y se articula una extensa red de teatro aficionado obrero, estudiantil, campesino y poblacional. Este movimiento culminará en 1970 en la Asociación Nacional de Teatro Aficionado Chileno (ANTACH), que en 1972 llegó a acoger a 820 compañías a los largo de todo el país. Como es de suponer el teatro profesional y universitario no permaneció indiferente ante esta nueva perspectiva. En 1970, la Universidad Católica organizaba el I Festival de Teatro Universitario-Obrero que reunió a veintiuna compañías de todo el país. Más adelante se realizó el I Seminario sobre Teatro Aficionado, en cuyas conclusiones se afirmaba que esta corriente escénica “es la que más cerca se encuentra de una identificación con el pueblo”.

En 1968, desde el Departamento de Teatro de la Universidad de Chile (DETUCH), heredero del ITUCH, se señalaba que el “Nuevo Teatro” tenía soporte en la “experiencia de vida, de teatro y de luchas” acumulada en la tres décadas anteriores y que ahora correspondía renacer “en una nueva lucha junto a la clase obrera y campesina”. Domingo Piga, su director, remarcaba: “Somos hombres de teatro y universitarios conscientes y responsables del momento histórico que vivimos y del papel que debemos desempeñar desde la universidad y hacia la sociedad”. En este contexto Marés González, que ya era una actriz comunista reconocida, viajó a Cuba en 1967 y se integró a trabajar en la Escuela Nacional de Teatro de la Habana, participando también en proyectos cinematográficos. A su regreso a Chile asumió como directora de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, cargo que ocupó hasta el golpe de estado de 1973, cuando fue declarada “persona peligrosa” y exonerada.

Marés González tuvo que salir al exilio, pasó por Grecia y Cuba, para finalmente radicarse en Avignon, Francia, donde continuó actuando. Entre 1976 y 1977, bajo la dirección de André Benedetto interpretó María K, una obra sobre la líder comunista y feminista rusa Alejandra Kollontai, en el teatro de Avignon. González recuerda: “El exilio fue atroz, espantoso. Pero tuve suerte en un sentido: hice teatro todo el tiempo (…) El teatro es maravilloso. Porque pase lo que te pase en el alma o el cuerpo, te subes al escenario y se te borró todo”. Marés González regreso a Chile en 1979, “por orden del partido”, y un amigo le dio trabajo en la compañía Andes Mar Bus donde se desempeñó como secretaria. Pero, el teatro la seguía alentando: en 1980 montó junto a otra gran actriz, Ana González, María Estuardo de Schiller en el Teatro de la Universidad Católica y un año después, en un registro diferente, debutó como la “mala” en la teleserie La Madrasta, producción que constituyó todo un fenómeno de audiencia televisiva en los años más oscuros de la dictadura militar.

Llegada la postdictadura a Marés González la marginaron de los contratos televisivos y pasó temporadas cesante y haciendo teatro independiente. Así, cuando en el año 2003 fue condecorada con el “Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile”, manifestó: “ El premio Nacional lo recibí estando cesante. Es que así es la vida de la mayoría de los actores. El premio es alegría en un sentido, o más bien te alivia (…) porqué no puede ser justo que todos los actores podamos vivir tranquilos si trabajamos toda la vida sin parar?. Yo trabajé toda mi vida sin parar. Me cansaba haciendo mi Currículum. Son 54 años sin cesar. Es un cansancio atroz. Por eso me emociona”. Con toda esta carga trágica y con su digna y estilizada figura, Marés González, la que relucía cocinando para sus amigos, merece ser considerada una de las más grandes actrices chilenas del siglo XX.

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