Joaquín Gutiérrez Mangel

(Limón, 1918 – San José de Costa Rica, 2000)

“La muerte no existe, lo que existe es el olvido”

Joaquín Gutiérrez

Estamos en Buenos Aires en 1939, la ciudad se prepara para recibir las Olimpíadas de Ajedrez. Comienzan a llegar los jugadores de los 27 equipos convocados, entre ellos el mítico campeón cubano José Raúl Capablanca y el actual campeón del mundo, el francés Alexander Alekhine. Entre los participantes lationamericanos, se encuentra un joven cuyo plan es jugar el campeonato y luego marcharse a Europa a buscarse la vida: Joaquín Gutiérrez del equipo de Costa Rica. Casi al final del torneo estalla la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra se retira y vuelve a casa y esta baja y también la ausencia de EE. UU., la Alemania Nazi – como en un oscuro designio – se adjudica la medalla de oro.

Gutiérrez, que además de ajedrecista era un joven comunista, ve frustrados sus planes. Sale a caminar y a pensar en una solución: “me veo a mí mismo sentado, solo, en una banquita de un parque de Buenos Aires. ¿Qué diablos podía hacer, si el destino me cuiteaba de modo tan inconsulto e irresponsable? ¿Volver a Costa Rica? ¡Jamás! Me habían despedido hasta con lágrimas pensando que yo partía para siempre, ¿cómo iba a llegar de vuelta al mes con el rabo entre las piernas? Niet, never; nikagdá, jamais! ¿Y entonces? Al fin di con lo que era por lo menos una cuasi solución. En el viaje de ida a Buenos Aires había pasado por Chile, en donde acababa de salir electo presidente don Pedro Aguirre Cerda, el candidato popular…” Al día siguiente Gutiérrez toma el tren rumbo al otro lado de la cordillera.

En Chile, Gutiérrez se imbuye de la vida política y cultural de aquel momento, la que puede ser descrita como una verdadera primavera: el Frente Popular, la coalición de partidos y organizaciones de izquierda, de trabajadores y mujeres, ha ganado las lecciones en 1938 e instala una seria demanda de participación popular que amenaza la estructura oligárquica del país. Asimismo, nacía el teatro y la danza, y la literatura daba un giro hacia lo político y social con la generación del ’38. Como si fuese poco, precisamente en Chile se daba una conjunción de los más importantes poetas en lengua española del momento, entre ellos Pablo Neruda, Nicanor Parra, Pablo de Rokha y Gabriela Mistral. Gutiérrez, que ya había publicado dos libritos de poemas, queda impresionado con la potencia que encuentra en este ambiente. En 1941 se casa con Elena Nascimento, hija del dueño de Editorial Nascimento, donde trabaja como editor y escribe varias de sus obras, entre ellas el famoso Cocorí, una novela corta y un cuento largo maravilloso sobre un niño negro que vive en un puerto de Centroamérica, con la que gana el premio Rapa-Nui en 1947.

En Chile la escritura de Gutiérrez se fue haciendo cada vez más compleja y comprometida y en 1950 publicó Puerto Limón, una novela que retrata las injusticias que cometían tanto las compañías bananeras nacionales, como la United Fruit Company, con los obreros del banano. Además, Gutiérrez fue locutor, traductor de William Shakespeare y corrector de grandes obras, tales como el Canto General de Neruda con quien además desarrolló una cercana amistad. Como periodista de El Siglo, órgano oficial del PC chileno, vivió en la URSS (1962) y China y fue corresponsal durante la guerra de Vietnam, donde se entrevistó con Ho-Chi Mihn. En 1968 publica La hoja de aire, con un prólogo de Neruda.

Cuando en febrero de 1971 el Estado compró e intervino la editorial Zigzag y la convirtió en la editorial Quimantú, Gutiérrez fue nombrado por Allende como director editorial. Con tirajes de 50.000 ejemplares, Quimantú alcanzó con sus colecciones los distintos y remotos lugares de la geografía chilena. Junto al bajo precio de los libros, que costaban lo que un paquete de cigarrillos, hubo un esfuerzo especial en la distribución: «Se inventaron todas las maneras posibles de vender. En cada quiosco había libros y armamos una flotilla de camiones que exhibían el material en repisas y que iban por los barrios vendiendo. Hicimos la revolución del libro».

El resultado de este esfuerzo fueron series como Nosotros los chilenos, Minilibros, Cordillera -Narrativa de bolsillo-, Cuadernos de Educación Popular, Camino Abierto, Clásicos del Pensamiento Social, Cuncuna, entre otros. Así mismo se editaban revistas como Cabrochico, Onda, Paloma, La Quinta Rueda, La Firme, Mayoría, Estadio, Historietas Q, entre otras. El desafío planteado por los directivos de Quimantú y la Unidad Popular fue cumpliéndose en el corto plazo. En 1972, en la mayoría de los quioscos del país se encontraban una oferta barata de acceso a la literatura nacional y mundial, hecho que no tiene precedentes en la historia editorial chilena. Lxs trabajadorxs llevaban sus libritos en los bolsillos para leer en los buses. De este modo Quimantú logró, por un breve e intenso tiempo, cambiar las condiciones sociales para el acceso al libro, que hasta ese momento habían sido siempre privilegio de una élite. Gutiérrez recuerda cómo la gente, el pueblo, “se sentían responsables del futuro, del sueño, de la historia y estaban abiertos al saber. Era una efervescencia muy grande».

Principales Obras: Cocorí, (1947), Manglar (1947), Puerto Limón (1950), Del Mapocho al Vístula (1953), La hoja de aire (1968), Murámonos (1973), Volveremos (1974), Te acordarás, hermano (1978), Vietnam. Crónicas de guerra (1988), Crónicas de otro mundo (1999), Los azules días (1999).

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