Armando Cassigoli Perea

(Santiago de Chile, 1928 – Ciudad de México, 1988)

Hijo de un emigrante italiano, que llegó a ser arquero del equipo Audax Italiano en los albores del fútbol profesional chileno, y de una mujer proveniente de una familia colombiana acomodada, Armando Cassigoli creció en un Santiago que cambiaba con el siglo y que en su juventud le depararía espacios impensados y desconocidos. Espacios que serían de creación y delirio poético. La década de los 50s en Chile, y especialmente en Santiago, se caracterizó por una explosión de la vida intelectual, política y artística, adelantándose con mucho a la creatividad que definiría la década de los 60s. El teatro y la música experimentales, el desarrollo de unas “bellas artes” que comenzaban a confrontarse con la historia, más una generación de escritores y poetas rebeldes cambiarían para siempre la fisonomía cultural de Chile. Para ellxs, como desde entonces sería para Armando Cassigoli, sólo existe una militancia irrenunciable: la poesía.

De una manera secreta, la revolución que poco a poco comenzaba a generarse en Chile y que, con el triunfo de la Unidad Popular dos décadas después, pudo incluso llegar a realizarse, despuntaba ya a través de las performances poéticas de los años 50s. Alejando Jodorowski recuerda ese tiempo: “…pienso que, en los años cincuenta en Chile se vivía poéticamente como en ningún otro país del mundo. La poesía lo impregnaba todo: la enseñanza, la política, la vida cultural… El pueblo mismo vivía inmerso en la poesía….” Por aquellos años él junto a Cassigoli habilitaron como teatro un viejo molino, cerca del Parque Forestal de Santiago, donde se realizaban jornada poéticas por las que pasó toda una generación de artistas y creadores: Enrique Lihn, Jorge Teillier, Margarita Aguirre, Etienne Froie, Jorge Onfray, Raquel Jodorowski, Teresa Hamel, José Echeverría, Jorge Edwards. Alejandro Sieveking y muchos más. Derrochando su “duende” y su simpatía, Armando Cassigoli se convertiría en un generoso “posibilizador” de muchos otros artistas y colectivos. Estudiante brillante de filosofía y psicología en la Universidad de Chile, en 1959 editó una antología titulada Cuentistas de la Universidad, en la que reunió los primeros trabajos de Antonio Skármeta, Cristián Huneeus, Grínor Rojo, Jorge Teillier, Poli Délano y Patricio Guzmán, entre otros.

Si la ciudad pertenecía a los poetas, Armando Cassigoli la recorría y tenía amigxs en todas partes. Su amiga Virginia Vidal, destacada escritora y periodista chilena, recuerda la noche en que durante una presentación de teatro en el “Molino”, llegó Armando Cassigoli muy alborotado con una chica pelirroja, gritando: nos casamos, nos casamos!, mientras tomados de la mano subían y bajaban las escaleras corriendo. La chica era Magdalena Salamon, húngara de nacimiento, refugiada en Chile con sus padres y hermanos durante la Segunda Guerra Mundial, mientras los nazis deportaban a los campos a medio millón de judíos húngaros. En alguno de los trenes de la Operación Margarethe, eran conducidos a la cámara de gas de Bergen Belsen y Auschwitz- Birkenau sus abuelos y tíos. Magdalena era, al igual que Cassigoli, profesora de Estado en Filosofía y se habían conocido en el Instituto Pedagógico. Con el tiempo, ella escribiría lúcidos ensayos sobre Gramsci. Él, ajeno al antijudaismo dominante en la idiosincrasia local, se tornaría un “goy” estudioso del Talmud.

En 1960 salió su primera novela Ángeles bajo la lluvia, con la cual obtuvo el Premio Municipal del año siguiente. Al poco tiempo y luego de un viaje a Italia, Cassigoli publicó la novela breve Cuadernos de un hombre asustado (1964) y, más adelante, el volumen de cuentos Pequeña historia de una pequeña dama (1971), cuyo humor y profunda ironía despertaban la crítica social. A fines de los 50s se incorporó a la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) de la que llegaría a ser su presidente en 1973. Allí, Cassigoli se desempeñó como secretario de la Revista SECH y colaboró por igual con poetas ya consagrados como Pablo Neruda, Pablo de Rokha o Nicanor Parra, como con escritores jóvenes e inéditos. De la mano de su intensa actividad como escritor, hacia mediados de los sesenta, Cassigoli se volvió cada vez más radical y performativo con sus posiciones políticas: se acercó al Partido Comunista Revolucionario (PCR) – fundado entre otros por su amigo y también filósofo Jorge Palacios- y al grupo Espartaco, que sostenía tesis maoístas. Desde allí, mantuvo estrechas relaciones con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fundado en 1965, de las que permanecen en la memoria colectiva sus debates con Miguel Enríquez, líder de este partido, en las que Cassigoli rebatía la tesis “insurreccionalista” del MIR y se decantaba más bien por una revolución de clase. En 1969 asistió como delegado de Chile al Tercer Simposio contra el genocidio yanqui en Vietnam y su extensión a Laos y Cambodia, realizado en Cuba.

Durante la Unidad Popular (1970-1973) los filósofos chilenos reaccionaron de diferentes maneras ante el proceso de cambio. En la Universidad de Chile, hubo quienes como Juan Rivano renunciaron a su puesto. Otros como Humberto Giannini o Jorge Millas buscaron espacios en otras universidades, agobiados por el dominio del marxismo. Hubo alguno, incluso, que abandonó el país. Para Cassigoli, en cambio – como para Palacios – son años de auge y popularidad entre la gente joven, lo que le significa ser nombrado decano de la Facultad en 1972, el mismo año que la revista Quinta Rueda lo destacaba como uno de los autores “frente a la realidad”. En efecto, frente a la realidad, y junto a muchos amigos y cómplices, Cassigoli animó un debate tan valioso como vehemente que intentó pensar filosóficamente el momento presente. Recordado como maestro de la palabra, como precursor de las teorías cibernéticas, como un militante de la idea y de la risa, Armando Cassigoli desbordaba cualquier clasificación y hacia de su propia conducta un carnaval político.

En 1973, luego del golpe de Estado, fue exonerado de su cargo como decano de la Facultad de Filosofía y Educación del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Perseguido buscó refugio en México. Allí, reanudó su carrera docente y publicó los libros recopilatorios Antología del fascismo italiano en 1976 y La ideología en sus textos, junto a Carlos Villagrán el año 1982. Murió en México prematuramente, sin que se le levantara la prohibición de volver a Chile. A pesar de ello, la veta humorística e irreverente le acompañó siempre, hasta en los momentos más duros de su exilio y la penosa enfermedad que lo aquejó. Un buen amigo suyo lo recuerda durante el Coloquio Latinoamericano de Escritores, celebrado en 1969 en Viña del Mar, que atrajo gran cantidad de gente de diferentes países. Cassigoli de la SECH estaba entre los organizadores. Durante la cena de inauguración se acercó “paladinamente” a una mesa donde había varixs escritorxs chilenxs y en voz medio baja dijo: “tengo la la misión de promover la ruptura del encuentro”. A una voz todxs preguntaron: pero por qué? para qué? Armando simplemente contestó: “porque sí y para bueno” y se alejó sonriendo hacia la mesa vecina.

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